24 octubre 2014

David y Victoria Beckham retozando

Todo el mundo recuerda su noche de bodas, pero muy pocos pueden revivirla sin recurrir a la fantasía. ¿Se imagina una tórrida escena de cama en el álbum nupcial o en un marco sobre la chimenea? Pues no se sorprenda tanto porque es el último grito (o el primero, según se mire) en el fastuoso negocio de las bodas. "Cada vez más parejas deciden inmortalizar ese momento especial y compartirlo con sus familiares y amigos", asegura un wedding manager de Barcelona. 

"No existe un perfil tipo de cliente. Hay de todo, desde ancianos que no concibieron la idea en su primer matrimonio, hasta desinhibidos tortolitos en busca de nuevas experiencias o de recuerdos imborrables", continúa. Por eso, los fotógrafos de BBC (léase Bodas, Bautizos y Comuniones) ya ofrecen todo tipo de servicios postboda a cuantos contrayentes se acercan por sus estudios. Las tradicionales instantáneas en las que la novia es arrojada a una fuente con el vestido y el novio se arranca el chaqué a jirones en una catarsis colectiva al más puro estilo de Las Vegas han quedado totalmente superadas.

A la fotógrafa italoamericana Michelle Jonné se le ocurrió la idea de su colección The Morning After (La mañana después) mientras hojeaba una revista en la que aparecían David y Victoria Beckham retozando para una publicidad de Armani. "¿Es que hay que ser Kate Moss o Jon Kortajarena para que a uno le fotografíen como es debido?", se queja. "Yo creo que no. Todo el mundo merece ser retratado como las celebrities de los magazines de moda, es decir, con profesionalidad y buen gusto", añade justificando su idea. Ni rastro de sexo explícito ni de exaltación etílica en sus instantáneas. "Sólo dos personas que se quieren en la intimidad de su casa o en la habitación de un lujoso hotel. Quede claro que se trata de fotos artísticas que no tienen absolutamente nada que ver con el porno", puntualiza.

Su primera serie, protagonizada por Inna & Dann, una pareja muy fogosa de Nueva Jersey, donde ella vive, transcurrió con total normalidad: "Algunos nervios al principio, muchas risas después y el televisor encendido con las Olimpiadas de fondo para relajar el ambiente", recuerda. El precio de la sesión (dependiendo de si dura entre una y tres horas) oscila entre los 500 y los 1.200 euros. "No sé si es caro o barato, pero le aseguro que tengo lista de espera…", se sincera la fotógrafa.

Sus paisanos Melissa Squires y Robert Evans, que también ofrecen el servicio, se mueven en las mismas tarifas. "Es pronto para saber si estamos ante una nueva tendencia o si obedece a un fenómeno pasajero, pero es algo que cada vez se demanda más en Estados Unidos", concede en cualquier caso Evans. Él se inició en la especialidad de una manera natural, quizá porque en California, donde tiene instalado su estudio, la gente es más abierta de mente. "Empiezas haciendo la típica boudoir y un día te ves con una pareja achuchándose delante de ti… ¿Voyeurismo? ¡Por supuesto! ¡El fotógrafo es voyeur por definición!", afirma.

Para el irlandés Edward Olive, ganador del Worldwide Photography Gala Awards 2011 en la categoría de bodas, el truco consiste en "insinuar más que en enseñar". Por eso, cuando fotografía noches de bodas, suele utilizar iluminación selectiva, desenfoques, mucho grano y película en blanco y negro: "Prefiero disparar en 35 milímetros más que en digital. No se trata tanto de captar el momento como de provocarlo, ¿me explico? No busco captar el orgasmo, sino la belleza del momento", señala. Olive acostumbra a trabajar con clientes de alto standing ("sobre todo me llama gente de la jet set de Marbella", confiesa sin soltar nombres) en condiciones de máxima confidencialidad: "Como comprenderá, no puedo dejar mi material en manos del encargado de revelado de la tienda de fotografía de la esquina. Sería demasiado peligroso", explica.

Sabedor de que más vale prevenir que lamentar, cada una de las instantáneas de sus noches de bodas se procesan en el laboratorio personal que tiene montado en su casa. "Soy un artesano, un fotógrafo de la vieja escuela", se justifica. ¿Quieren un precio? "No me gusta hablar de dinero, pero le diré que cobro menos que Mario Testino [100.000 euros/día]". Y antes de dar por zanjada nuestra conversación telefónica recomienda unas cuantas novelas rosas ("best seller en Suiza y Francia", asevera) que llevan en portada algunos de sus stylized shoots.

En España cada vez es más corriente contratar este tipo de servicios. Hace tiempo que el estudio Arte-Photo ofrece paquetes pre y post boda. Nada de posados ante monumentos emblemáticos con el atardecer de fondo ni Rolls Royce alejándose con el cordel de latas. Ahora lo que se lleva son casas abandonadas o vías de tren en mitad de la nada donde los prometidos pueden exprimir su fotogenia, o sacar todo el partido a sus atuendos combinando, por ejemplo, vestido de novia con unas zapatillas rosas o chaqué con un gorro de cowboy. Y en los últimos meses, y a pesar de los estragos de la crisis, también ha aumentado la demanda de sesiones privadas de alcoba. "La mayoría de las veces quieren dar un toque desenfadado a una boda que, por lo demás, suele ser bastante tradicional", cuenta José Antonio Alejo, dueño de la empresa.

La primera regla es que los recién casados se sientan cómodos: "Por muy exhibicionista que seas, nadie está acostumbrado a que lo apunten con seis cámaras ni a moverse entre focos y pantallas…", explica. La segunda regla es que no hay reglas: "He llegado a desnudarme yo mismo para que los novios se sintieran más relajados. Son gajes del oficio a los que uno se termina acostumbrando", reconoce Alejo. Aunque antes de desenfundar la cámara siempre resuelve la letra pequeña de los derechos de imagen, las parejas no suelen pasar de los besos y las caricias. Un álbum de entre 20 y 30 fotos le lleva no más de tres horas de trabajo, y cuesta alrededor de 400 euros, dependiendo de la localización: "Me interesa lo sexy, picante y glamuroso. Enseñar sin mostrar. Porque, como decía Churchill, las estadísticas y los biquinis siempre ocultan lo esencial", concluye.

El fotógrafo Mario Orellana tiene su estudio en el madrileño barrio de Chueca, coto vedado a los complejos, el pudor y el miedo a los objetivos: "Es bastante habitual que en las bodas gays los cónyuges se regalen books muy íntimos, pero cada vez más parejas heterosexuales se animan a inmortalizar su primer encuentro de casados", afirma. ¿El placer de sentirse observado? "Hay de todo, pero en general les preocupa más que las fotos tengan calidad profesional que de dar rienda a su pasión. Eso viene después", responde. En su página web Orellana no tiene colgada ninguna serie post-boda. "Son fotos tan personales que en el momento en que las entrego es como si no me pertenecieran".

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