06 abril 2015

Testimonios de la posguerra

Igual que La colmena de Cela más de veinte años antes, Si te dicen que caí de Marsé no podía aparecer sino fuera de España, merced al premio de la mexicana editorial Novaro en 1973. En el jurado, con el español Angel María de Lera, el mexicano Revueltas y el colombiano Otero Silva, el peruano Mario Vargas Llosa, que en 1966 figuraba entre los otorgantes al mismo escritor del no menos resonante barcelonés Biblioteca Breve por Ultimas tardes con Teresa. Tan afín a Marsé con su La ciudad y los perros y otras, escribió del caso: «Una explosión sarcástica en la novela española.» Dionisio Ridruejo, coautor que fuera del himno del que paródicamente extrae Marsé el verso de su título, en prologal artículo a una de las reediciones de Si te dicen que caí afirma que no es tan satírico y sí compasivo. 

Para los lectores de hoy es ya casi inidentificable el referente de este título sin acceder al testimonio impreso u oral. Claro es que al cabo de varias ediciones, la nueva que hoy tenemos en las manos se autotestimonia, autoreferencia. Y apoya a nuevos utilizadores del esfumado himno, tal como seguramente ocurrirá, habrá ocurrido con Volverá a reir la primavera, con que el poeta Antonio Hernández titula la flamante salida confirmadora de su nueva mano de narrador. Si te dicen que caí, en versión corregida y definitiva, sale justamente cuando llega a la pantalla la cinematográfica que ha dirigido Vicente Aranda. 

Como portada, un fotograma de la película. El texto arrebatado y presuroso de la inspiración no pudo ser corregido en las pruebas mexicanas y negligido en las sucesivas españolas. Erratas, oraciones desmañadas. Pero sobre todo, se trataba de «arrojar un poco más de luz sobre algunas encrucijadas de una narrativa compleja y ensimismada», aunque le conviniera -«confusa la historia y clara la pena»- mantener la penumbra que envuelve a muchos pasajes. Relato de búsqueda, de trama casi policial: el «complot» que un personaje dice en la búsqueda de una desdichada y misteriosa mujer; la lucha reemprendida y definitivo caer de aquellos desnortados resistentes -de hierro y soñadores como niños cantados en la frase final. Elegía y lirismo desolado de evocar los pobres maltratados por la posguerra en aquel barrio desaparecido de Barcelona, sus furiosos muchachos «que participaron -dice Marsé- conmigo, la calles leprosas, los juegos atroces, el miedo, el hambre, el frío...» 

Comienza la corrección con un cierto impulso de reescribir, tal vez y con parecido resultado -pues de un clásico se trata aunque sea él mismo, al del rescriptor del Quijote. Mas no todo es transcripción inesquivable. Ya en la primera página queda en «aullido azul» lo que fue «aullido azul de la verdad». No aclara mucho. Tampoco la precisión topográfica, políticourbana ya desconsabida también. Pero el trabajo se va haciendo con supresiones, añadidos y recomposiciones de estructura hasta ofrecer con el cotejo un interés añadido para el curioso y cardenalicio bocado -repaso de materiales lingüísticos, sociológicos, históricos, estilísticos del crítico textual. 

Quizá la película aclare más simplificando el difícil seguimiento argumental -que ha irritado o exaltado a varios críticos-; la maraña perdida en el narrar clou, las «aventis» del narrar de los muchachos en el que participan el autor explícito y el implícito. No sé si predominando el no querido pero inevitable mensaje del compromiso o la grandeza natural del cruel y tierno, cenagoso y radiante poema de amor, de consumación y de muerte que el libro es.

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