21 julio 2015

John Wayne fue un mal padre

Ser hijo de Hollywood es como ser hijo del infierno. No hay más que ver las enormes pilas de best-sellers que relatan las desgracias de los hijos de las estrellas, y no del cielo, precisamente. A nadie le haría feliz tener un padre como, por ejemplo, John Wayne. John sería un excelente compañero para jugar al póker, para beber tequila y, sobre todo, para que a uno le defienda en las peleas. 

Ahora bien, como padre, para quien lo quiera. La pobre Aissa tampoco lo quería, pero nadie la dejó elegir. Y lo llevó mal, muy mal. Ahora, 12 años después de la muerte de su padre, ha decidido quitarse esa gran espina de 1,90, esa mala conciencia que entra al preguntarse si en realidad «daddy» no era tan malo como ella pensaba. Y lo ha tenido que poner por escrito. Ya se sabe. Que si papá estaba obsesionado con que la iban a secuestrar y la tenía todo el día encerrada. Que si le regalaba un Porsche cuando sólo tenía 16 años. Que si le regala un elefante cuando ella tenía pánico a los elefantes. 

Que si no la dejaba andar descalza. Que si le molestaba que ella fumara hierba cuando él fumaba cuatro paquetes de Camel al día. iQué vulgaridad! Si no fuera por el elefante, quedaría como un padre más al que el abismo generacional -en este caso de casi cincuenta años- le impide comunicarse con sus hijos. El verdadero interés de John Wayne, mi padre está en conocer lo que el gran Duque -apodo tomado del perro de la familia, Little Duke- pensaba sobre el cine, sus viscerales odios y amores hacia sus compañeros, cómo un simple actor puede convertirse en la encarnación del patriotismo, o cómo el gran héroe lucha a muerte con el cáncer.

Uno de los datos más reveladores recogidos por Aissa sobre la particular forma de pensar de su padre era su opinión sobre uno de los western más míticos, Solo ante el peligro. No le gustaba nada; consideraba que era irracional el planteamiento de la película, porque en cualquier ciudad norteamericana nunca se dejaría a un hombre luchar solo contra las fuerzas del mal. Uno de los mayores traumas de Wayne fue el no haber podido vestir el uniforme en ninguna de las guerras en las que se vio envuelto su país. 

Su hija está convencida de que para resarcise de su ausencia en los frentes, hizo del cine su trinchera. Se lo tomó tan a pecho que él mismo dirigió dos películas que podrían considerarse armamento pesado del patriotismo. Su ausencia de la última guerra mundial la compensó con El Alamo (1960), en la que explicaba a sus compatriotas cómo había que comportarse cuando el país se encontraba amenazado. Y su aportación a la guerra de Vietnam fue Boinas verdes (1968), el mayor alegato cinematográfico de la guerra más repudiada en las pantallas. Aissa aporta también sabrosos testimonios con las opiniones de Wayne sobre algunos políticos. Entre sus bestias negras, destaca Edward Kennedy. 

«Es tan falso que me pone enfermo», gritó en una ocasión a la vez que arrojaba un pesado pisapapeles que reducía a añicos la pantalla del televisor. Jimmy Carter tampoco era santo de su devoción. «Este país ha perdido sus cojones y su espíritu; no puedo soportarlo». Su disgusto era tan grande que comenzó a estudiar español decidido a autoexiliarse en México. Wayne también mostró lo peor de su carácter a sus compañeros. Era tan arrogante que reescribía los guiones a su conveniencia. De los directores solía decir que son «incapaces de cruzar la calle sin ayuda». Frecuentemente actuaba a su modo, es decir siendo él mismo: «Yo no actúo, yo reacciono», solía decir. Con algunos actores fue implacable. 

A Gene Hackmann le calificaba como «el peor actor del mundo». Aún era más cruel con Clark Gable, a quien tenía por «un idiota que es actor, porque no tiene inteligencia suficiente para hacer otra cosa». Peor suerte tuvo Richard Widmark, quien acabó estampado contra una pared, tras cuestionar las órdenes del director Wayne durante el rodaje de El Alamo. También le enfurecía Rita Hayworth. No soportaba sus retrasos, que nunca se supiera su papel, que estuviera sucia y, lo peor de todo, que no parara de coquetear con el primer camarero que se le pusiera a tiro.

Como era de esperar, tampoco le hacían mucha gracia los homosexuales. Aissa recuerda en su libro cómo su padre le habló de Rock Hudson: «Mira esa cara. Qué desperdicio de cara para un afeminado. No te imaginas lo que yo podría haber hecho con esa cara». Hasta tal punto odiaba las medias tintas que cambió su nombre -Marion Michael- por el más viril de John Wayne. Pero también tuvo amigos. Bien es cierto que a la mayoría le unía más que nada su afición a la bebida. Entre ellos, Henry Fonda, quien tras largas competiciones tuvo que rendirse a la evidencia y conceder que no había ningún hombre capaz de tumbar a Wayne bebiendo. O Dean Martin, con quien acabó desfilando al son de marchas militares canturreadas con voz poco marcial. Su hija no es muy comprensiva con las tremendas borracheras de su padre a base de tequila Conmemorativo con hielo. 

«Se ponía sentimental, tonto, más meloso que de costumbre, nunca insoportable del todo, pero, a veces, algo desagradable». Pero el verdadero amigo fue el «capitán» Ford, también conocido por sus fieles como «daddy» o «entrenador». Aissa asegura que era el único hombre al que su padre temía, «un experto manipulador de actores, cuyas maquinaciones se dejaban ver también fuera de la pantalla». Juntos bebieron whisky irlandés, jugaron al póker, emplearon largas madrugadas charlando sobre lo divino y lo humano, e hicieron obras maestras durante 30 años. Se querían tanto, que Ford llegó a decir que el actor de andares de escocido se movía «con la gracia de un bailarín». Entre los actores de la nueva generación admiraba a Dustin Hoffman: «Es grande es brillante». Y eso que se refería a su interpretación en Cowboy de medianoche, el tipo de película que menos le gustaba. 

No soportaba ni siquiera las alusiones al sexo o a la violencia. «¿Por qué no podemos hacer una película decente?», se preguntaba impotente ante tanta osadía, para a continuación añadir una frase fuerte, de las que a él le gustaban, tipo: «¿Cómo puede hacer ese hijo de puta esta clase de mierda?» Aissa resulta comprensiva en este punto y disculpa los ataques de furia de su padre. «Al menos, no se comportaba como un dictador de Hollywood, simplemente abandonaba la habitación sin haber apagado el proyector y permitía a los demás continuar viendo la película». Aunque todo tiene su excepción y Aissa reconoce que cuando abandonó la proyección de El último tango se aseguró de que no se dejaba atrás a su hija.

Aissa resulta bastante discreta sobre los escarceos amorosos de su padre. Sólo relata uno del que ella misma fue testigo. Durante una fiesta, una chica espectacular no dejaba de colgarse del cuello de Wayne. Le pareció normal hasta que súbitamente un tirante del oprimido vestido de la chica se dejó caer descubriendo uno de sus pechos. Se lo comunicó a su madre, quien no le dio demasiada importancia, no se sabe si por la costumbre o por la confianza, y se limitó a decir: «Es Marilyn Monroe, pequeña. 

Siempre ha estado muy prendada de tu padre». Otra sex-symbol que pretendió a Wayne fue Marlene Dietrich. Aissa prefirió no mencionarlo en el libro, aunque luego lo ha relatado en entrevistas. Al parecer, la Dietrich se plantó en el camerino del Duque y, sin mediar palabra, levantó lentamente su falda hasta lo alto de sus dos piernas infinitas. En una de sus ligas había algo escrito: «Ven a leerlo aquí». Aissa no cuenta cómo terminó la historia, pero a juzgar por su precisión el bueno de John debió de leerla. La parte más estremecedora de John Wayne, mi padre es el relato de su lucha contra el cáncer. El episodio más revelador de la caída del héroe tiene lugar durante la ceremonia de los Oscar del año 79, meses antes de su muerte. Se había pasado horas ensayando para que ni su voz ni su cabeza le fallaran, repitiendo ante el espejo: «Beatty, Beatty, Beatty», porque él sabía que a su compañero no le gustaba que siempre le llamaran Beety. 

Finalmente, con el sello de la muerte en su rostro, anunció las nominaciones a la mejor película del año: «El cielo puede esperar, de Warner Beatty, El cazador, de Michael Camino...» Hollywood le aplaudió por última vez para demostrarle que no le importaban aquellos lapsus. Y él acertó a responder: «Esta es ya casi la única medicina que necesito». Fue el fin. Dejó 200 películas para recordar que los hombres nobles, valientes y tranquilos -cuando tienen que serlo- nunca traicionan a un amigo, aunque sean malos padres.

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