18 julio 2015

La apocalipsis rusa

La apocalíptica crisis histórica que atraviesa esta compleja y convulsionada nación anula o modifica lo que te han contado y la objetividad de las estadísticas.

Conviene que la propia mirada, la capacidad sensitiva y el estado emocional estén dispuestos a penetrar en un territorio virgen, en una cultura que está sufriendo la perplejidad ante las viejas señas de identidad y el derrumbe inevitable y progresivo de lo establecido, la libertad de expresión al alcance de estómagos cada vez más desnutridos, la desacralización de mitos intocables que formaban la columna vertebral del sistema, la frustración colectiva ante la dolorosa factura económica y social que exige la perestroika, el trapicheo como modelo generalizado de supervivencia. 

Cualquier espíritu ligeramente receptivo o moderadamente sensible recibirá una descarga de alto voltaje emocional ante el espeso y premonitorio olor a pobreza del aeropuerto, sus lavabos hediondos y la desesperación resignada o activa de sus habitantes oficiales o forzados. Todos ellos piden, suplican, canjean o venden algo al turista estupefacto o dominguero, a los que llegan de ese mundo exterior que los nativos identifican con el paraíso o con el sueño realizable. Los aduaneros están dispuestos a postergar su vigilante celo sobre los turistas a cambio de un paquete de Marlboro. Los disidentes que viven desde hace meses en ese aeropuerto esperando el dudoso milagro que les permita la huida de su desnutrido y desolado país, te observan con envidia y autocompasión. 

Los taxistas ejercen con zalamera mezquindad de taxistas de aeropuerto. La turbadora sensación de que el orden de las cosas vive una imparable desintegración y de que el malestar colectivo amenaza con una explosión de efectos incalculables se apodera del alucinado viajero, de esta pulcra delegación española, compuesta por periodistas y gente de cine, que va a asistir a la exótica inauguración moscovita de una sala dedicada a la exhibición de las películas más prestigiosas o carismáticas del cine español.

La arquitectura de ese Moscú legendario al que Stalin intentó transformar en algo uniforme está concebida para albergar a las masas. Edificios monumentales y despersonalizados, avenidas de anchura y longitud interminables, y espacios calculadamente planificados para aglutinar a la colmena, conviven con iglesias y plazas tan arcaicas como hermosas. Coches destartalados, tranvías que despiertan la añoranza, el vestuario de la gente y el ritmo vital que desprenden las calles nos devuelve a los adultos imágenes de nuestro pasado remoto, del subdesarrollo tosco en la España de hace varias décadas. 

Los soviéticos hacen colas monstruosas ante un establecimiento de Mc Donnald's que representa para ellos el maná y la constatación de que la vida está en otra parte. Los guías más racionales nos aseguran que la paciencia general se está agotando ante una perestroika que lleva cinco años destruyendo los anacrónicos cimientos del pasado, pero que no ofrece esperanzas sobre la fecha para empezar a construir. 

El dólar exhibe su arrogante reinado con impudicia satisfecha. Las putas y los chaperos que inundan los hoteles y reparten sus beneficios con la corrupción legalizada de los guardianes del orden, desdeñarían el inútil dinero que le ofrecen los visitantes si a cambio les facilitaran la posibilidad de abandonar la URSS. Camareros aviesos, niños con dolorosas huellas de absoluto desamparo y de sufrir la explotación de la miseria adulta, transeúntes de gesto educado y tipos pintorescos están dispuestos a venderte su alma por unos dólares o por un objeto ínfimo de nuestra prosperidad consumista. 

Manifestantes famélicos, que habitan improvisadas chabolas, esperan con inútiles y reivindicativas pancartas que el Poder les conceda sus peticiones, mientras que soldados hieráticos repiten con milimétrica eficacia y magia renovada el ritual del cambio de guardia ante la tumba de Lenin. Los rostros de la gente que integra nuestro cultural y lujoso grupo denotan su sorpresa y su incansable estupefacción ante un ambiente que nos desborda. 

La posibilidad de devorar caviar a cucharadas, la reconfortante seguridad de que nuestra estancia entre esa incuestionable miseria es provisional, la belleza de una cúpula o del majestuoso y barroco interior del Metro moscovita, la solemnidad histórica y ancestral de ese teatro Bolschoi que creó el gran Vassiliev, el costumbrismo vivo y desgarrado de la calle Arbat, en la que conviven con extraña naturalidad las culturas y las etnias más dispares, el contacto lúdico, permanente y entrañable con el vodka en su ambiente natural, el reencuentro con la evocadora nieve y la cordialidad interesada o genética de los nativos hacia sus opulentos y curiosos visitantes, alivian la tensión y la pena ante el deprimente, contagioso y trágico estado de las cosas. 

Enrique González Macho, uno de los hombres más vitales, emprendedores y honestos de la industria del cine español, propietario de los cines Renoir y de la distribuidora Alta films, especializada en cine soviético, y promotor de esta quijotesca y arriesgada iniciativa de difundir el cine español en Rusia, ejerce de relajado maestro de ceremonias en el encuentro entre los profesionales de ambas cinematografías. 

Nikita Mijalkov, director de la perdurable y emocionante Ojos negros destruye el odioso protocolo y el formalismo inútil de los discursos oficiales ofreciéndonos comida, bebida y sentido del humor y de la anarquía. Mijalkov hace una declaración de principios militantes al afirmar: «las minorías siempre tendrán razon frente a las mayorías, pero la perderán cuando tomen el Poder y se conviertan en mayorías».

El señor Enrique Balmaseda, director general de la cinematografía española, también nos cuenta algo, pero mi deteriorada memoria no recuerda su transcendendente exposición. Almodóvar se resigna a no ser conocido ni amado en este país y no prodiga sus habituales y exhuberantes monólogos autopromocionales. Una famosa actriz soviética lamenta la dependencia y el amor de sus hijos hacia el cine americano y su desprecio por la épica y el heroísmo de ese cine soviético que mamaron sus padres y sus abuelos. José Luis Gomez evidencia con numerosas intervenciones su fe en la comunicación universal entre los artistas de distintas culturas. El ortodoxo y humanista director Ellen Klimov lamenta la crisis generalizada del espíritu y la ausencia de grandes mensajes en el cine actual. Los más prestigiosos actores soviéticos se quejan de la miserable pasta que ganan y su deseo de acceder a los privilegios de sus colegas de Occidente. 

En días sucesivos, espectadores tan inexpresivos como virginales, enfundados en sus abrigos y en sus gorros, observarán el comportamiento y la problemática de personajes españoles a través de quince historias narradas en imágenes.

Al no existir el doblaje ni los subtítulos, la traducción simultánea al ruso por medio de elementales altavoces se encarga de aclararles las alegrías y las penas de montoyas y tarahtos, enamorados que secuestran a la mujer de sus sueños, emigrantes negros y clandestinos, y demás fauna racial. La cegadora belleza de Leningrado tiene capacidad para emocionar al lector de Dostoievski y a los que siempre intuyeron la cristalización real de los sueños. Rembrandt y la maravillosa pintura impresionista del Hermitage conmueven a la mirada y al corazón aunque la iluminación sea nefasta y la conservación del arte no le quite el sueño a la burocracia soviética. 

Algo muy fuerte está ocurriendo en la inmensa, sufrida y contradictoria Rusia. Que la suerte bendiga su incierto futuro.

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