07 diciembre 2014

Jacqueline una francesa de la vida

Flor de reporteros, diosa de un día, milagro de couché, risa hebdomadaria, francesa de la vida, regazo esbelto con una cabeza romana caída desde la sangre, viuda en Dallas, gentil mascarón de proa en los mares del petróleo. Jacqueline Kennedy Onassis.

Populó la revuelta rosa del periodismo de entonces, puso argumento a nuestro reporterismo literario, fue la novia comunicacional de todos los fotógrafos que en ella agotaban el flash de su corazón. Y ha muerto.

Aquella cosa que tenía hablando del presidente: «De muy joven leía Ivanhoe (ella decía Aivanjó) y se sigue sintiendo Ivanhoe, por eso es grande y le amo». Sencillamente, era francesa. Le puso al almidón bostoniano una frivolité de minifalda y bikini que sólo podía esperarse de una periodista de París. A América fue sólo a ligar con Kennedy, pero se quedó.

Y las minis que se ponía.

Mientras Ivanhoe Kennedy perdía el tiempo con aquel perrito caliente que era Marilyn Monroe, la francesa se lo hacía, en la tourné de Ulises, con los otros calzoncillos universales del siglo, o sea Aristóteles Onassis, del mismo lienzo moreno que los de Picasso.

- ¿Y usted, Jacqueline, por qué sale tanto con don Aristóteles Onassis?

- Porque no he llegado a tiempo de conocer al otro Aristóteles, al antiguo.

No se puede tener en casa la bascalada lírica de Normandía y perder el tiempo, ya digo, con un perrito caliente de Hollywood. Hasta que el perrito caliente se quedó frío. Y es que los perritos no deben servirse con nembutal.

Decían las marquesas de Embassy, cuando Kennedy sucedió a Eisenhower:

- Qué quieres, chica, no me va ese niñato despeinado. Ike era tan señor...

Jacqueline fue presidenta natural de la vida desde mucho antes que él llegara a presidente. No diría uno que le ayudó en la vida, en la carrera, en la presidencia. Diríamos más bien que ella era el carisma que le precedía. Un carisma de pecho breve y piernas con dibujo curvo de violín, unas piernas estradivarius, esas piernas que tienen las parisinas, y las cruzaba al andar con una gracia difícil que redimía sus pies cómicos y anchos, sus zapatos un poco grandes, desbocados. Tenía cara de pez chato.

- Ya sólo soy el que acompaña a Jacqueline Kennedy -confesaba Kennedy-.

Cara de pez chato, ojos separados, hociquito insolente, mirándonos tras el cristal, en el acuario de la gloria y la actualidad. Invanhoe caería entre perritos y gángsters, que era lo suyo, cuando Jacqueline dividía, multiplicaba ya las aguas de Homero como sirena intelectual, Circe en cinco idiomas, dama del petróleo, novia de un rey desnudo y viejo que soñó en ella el último sueño griego.

Me lo dijo un periodista amigo:

- Sólo podía pasar del hombre más poderoso del mundo al hombre más rico del mundo.

Tampoco pegó malos braguetazos en esta vida, la ninfa. Y escribía Pemán, llevado del tirón dinástico de las democracias: «Ya sólo la podrá besar otro Kennedy». Pero la besó Aristóteles y la besó Onassis. Un escándalo. La otra canéfora de la década crucial de nuestra vida era Brigitte Bardot, pero BB era la maravillosa oficial, mientras que Jacqueline iba por libre y se retrataba con unos shorts desastrosos y puede que meados. Nunca hemos escrito tanto y tan a gusto de una tía. A lo mejor es que éramos jóvenes.

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