03 diciembre 2014

Historia mágica de Españ

El autor de «Historia mágica de España» revisa los orígenes de una celebración que encoge desde tiempos inmemoriales el alma de un pueblo. El alborozo y la expiación, lo pagano y lo cristiano, lo primitivo y el progreso se unen en una Semana Santa que no muere.

España, nos guste o no y a mí, que conste, me gusta (aunque dentro de ciertos límites), siempre sale por peteneras. Creo yo que todo el mundo, incluyendo en el lote a los más empedernidos, aborregados y entusiastas europeístas a la violeta de la triste hora actual, reconoce que aquí, entre nosotros, siguen pasando casos y cosas que no pasan en otras partes. El «Spain is different» tantas veces traído (mal traído) a colación por los tirios ilustrados y por los troyanos castizos, no fue ni es ni al parecer será nunca un simple camelo inventado en su día por Fraga para atraer turistas. Tal es, al menos, mi opinión (que viene de antiguo), avalada a contracorriente por las investigaciones y reflexiones que hace ahora algo más de tres lustros expuse en mi Historia mágica de España y confirmada a partir de entonces por casi todo lo que en público o en privado, con letra menuda o con caracteres capitales ha sucedido y está sucediendo en el ámbito del país... 

Del país y de sus antiguas colonias, porque tales habas, excentricidades y rarezas no se cuecen sólo entre los Pirineos y el Estrecho de Gibraltar, sino también como mínimo en Iberoamérica y en Filipinas. Nunca estuve en Guinea y no suelo escribir ni opinar sobre lo que no he visto.

¿Peso de la historia, poso de la geografía, efecto del cruce de culturas, consecuencia del batiburrillo étnico y demográfico, influjo de las estrellas, de los dioses lares y de los demonios familiares? Todo eso, y algo más, es lo que confluye en el inconsciente colectivo de los pueblos o diciéndolo con menos arrogancia y pedantería en su folklore, en sus usos y costumbres, en su forma de ser, de pensar, de sentir y de vivir. Hermann Hesse creía que el «destino» es el «carácter».

Y la Semana Santa española (o «a la española») no constituye excepción a esa regla. Para demostrarlo basta y sobra con echar una ojeada a las espléndidas y desconcertantes fotografías que ilustran este texto.

He pasado una y otra vez los días de la Semana Santa en muchos y muy distantes puntos del mapamundi cristiano. Y en ninguno de ellos en «ninguno», he dicho sucede «nada» de lo que sucede aquí. Ni siquiera en Francia, en Italia o en Grecia, lo que nos impide atribuir el factor diferencial al peso de la herencia latina o mediterránea. No está en ese socorrido cajón de sastre, al que tantas veces recurre la hispanoantropología cultural, la madre del cordero de la extravagancia de nuestros ritos de Pasión y de Resurrección ni tampoco deben buscarse las raíces de esa religiosidad absoluta e insobornablemente atípica en la no menos socorrida olla de grillos de lo sefardí y de lo andalusí. 

Ni los moros ni los judíos tocan pito alguno en este pasacalles. La razón de lo que digo es obvia y paralela a lo que acabo de escribir a propósito de la latinidad y la mediterraneidad: hebreos (palabra, por cierto, que viene de «iberos», o al revés) ha habido con profusión y sin discreción en casi todas partes desde la fecha de la tercera y última destrucción del Templo por orden del emperador Tito, y eso sucedió menos de cuatro décadas después de la muerte de Jesús, y los musulmanes se mezclaron estrechamente con los cristianos desde el primer momento de la Hégira en muchos países del Oriente Medio, del sur de Europa y del norte de Africa sin que ni lo uno ni lo otro produjera en ninguna parte rituales y ceremoniales de Semana Santa análogos a los que aquí, en la España «mágica» y «diferente», se celebran de sol a sol, de costa a costa y en olor de multitud durante los días que marcan en el calendario, a grosso modo, el advenimiento y la consagración de la primavera.

De la primavera, sí, porque de eso, en definitiva, se trata... Pero dejemos la afirmación en el aire. Tiempo habrá y necesario será volver a ella.

De modo que no podemos achacar las nobles, complejas, sugestivas, llamativas y a menudo atroces peculiaridades de la Semana Santa ibérica a nuestra condición de latinos ni al sonsoniquete de las Tres Culturas ni por supuesto, menos aún, al contagio de las pálidas costumbres de origen romano o no hoy imperantes en el resto de la Cristiandad.

¿A qué o a quién entonces?La solución a esta charada es digna de Perogrullo: tenemos que buscar (y «sólo» podemos buscar) las fuentes de los ritos y mitos equívocos de nuestra Semana Santa en lo anterior, en lo precristiano y prerromano, en la empuñadura de la historia, en el laberinto de la prehistoria, en la génesis de Iberia, en el oscuro y aglutinante chapapote de las presuntas razas autóctonas, cualesquiera que éstas fuesen.

Dice una rotunda cuarteta asturiana: «Antes que Dios fuera Dios/y los peñascos, peñascos,/los Quirós eran Quirós/y los Velascos, Velascos».

Bueno, pues algo así... Los Quirós y los Velascos vale decir: los iberos, los celtas, los celtíberos, los tartesios, los turdetanos, los curetes, los vetones, otros pueblos que se me quedan en la cinta de la máquina de escribir y en líneas generales y metafóricas, los hombres altamirenses son quienes levantaron los polvos que nos trajeron estos lodos o quienes sembraron los vientos que hoy nos acarrean tamañas tempestades.

Lo que, evidentemente, no significa que las razas y culturas posteriores los fenicios, los griegos, los cartagineses, los romanos, los godos, los mogrebíes y los sefardíes no añadieran alguna que otra pincelada más superficial que profunda a las mucho más profundas que superficiales ceremonias de Semana Santa (llamémoslas, «avant la lettre», así) plantadas en nuestros campos antes de Cristo por las madres que in illo témpore nos parieron y los padres que a horcajadas sobre ellas nos engendraron. La forma y la escenografía de los ritos españoles de la Pasión, la Crucifixión y la Resurrección pueden, en algunos casos, ser recientes. Su fondo, y no digamos su mensaje, siempre es ancestral.

¿Delirios o pensamiento voluntarista de un escritor que en sus años mozos jugó a ser historiador mágico?

No, no, de ningún modo... Don Luis Pericot, representante nada equívoco de la historiografía lógica y científica, escribió en su libro ya clásico sobre La España primitiva lo que a continuación transcribo: «Es imposible que las raíces milenarias no hayan dejado en el fondo del alma hispana un sedimento más poderoso que todas las aportaciones de los últimos dos mil años. Somos un producto del natural crecimiento de las pequeñas bandas del paleolítico superior con el sello que el medio geográfico impuso y con el matiz que les dieron un par de nuevas inyecciones de sangre africana o el baño de indoeuropeísmo de los celtas».

Y añadía Arrinda Albisu en su obra también clásica sobre La religión prehistórica de los vascos: «Todo intento de descubrir huellas de la mentalidad cuaternaria entre nosotros podría parecer temerario. Sin embargo, la tenaz persistencia de muchos temas míticos aún en sus más nimios detalles a través del tiempo autoriza a establecer un parangón entre las supervivencias actuales y las producciones del arte paleolítico».

E inclusive Menéndez y Pelayo, tan poco amigo de reconocerle a la Península otros moldes que los cristianos, se ve obligado a admitir en su Historia de los heterodoxos españoles que «en los cultos primitivos está acaso la explicación de algunos fenómenos que durante el curso de los siglos se repiten en nuestras actitudes heréticas y son o pueden ser una prolongación atávica. Algo de ibérico ha de encontrarse en el fondo de las supersticiones populares».

Así que...

He dejado un par de cabos sueltos. Recojámoslos.

Insinué más arriba que los rituales y ceremoniales de la Semana Santa española se inscriben en el ciclo de celebraciones generado aquí, y fuera de aquí, por la llegada del equinoccio de primavera.

Fiestas, pues, abiertamente estacionales, como casi todas las del folklore mágico, aunque no forzosa y directamente vinculadas a la fecha del veintiuno de marzo. Y resulta curioso descubrir, o comprobar, que el quicio, la llave maestra y el punto culminante del calendario litúrgico no es como a primera vista cabría suponer el día de Navidad, sino la Pascua de Resurrección que recuerda y revive el triunfo de Jesús sobre la muerte convirtiendo en eucarística carne de nuestra carne su promesa y anuncio de que existe, para todos, una vida inconsútil y eterna. El Concilio de Nicea, allá por el trescientos veinticinco, fijó la fecha de esa efemérides mirando al cielo tal como ya hacían los judíos y pronto harían los musulmanes con algunas de sus fiestas más significativas y estableciendo «urbi et orbi» que en lo sucesivo se conmemoraría y celebraría la resurrección del Galileo el domingo siguiente al primer plenilunio posterior al equinoccio de primavera. 

O lo que es lo mismo: nunca antes del veintidós de marzo y nunca después del veinticinco de abril. Será esta fecha verdaderamente angular la que condicione y determine el calendario del carnaval, de la cuaresma, de la Semana Santa, de la Ascensión, del lunes de Pentecostés y del muy taurino Corpus Christi.

«Fiestas estacionales», dije apuntando hacia todas esas «fiestas mayores» que año tras año y luna tras luna, reaparecen entre nosotros siguiendo y reflejando la cadencia de los equinoccios y de los solsticios: «navidad» (o parto del invierno), «Semana Santa» y «Pascua de Resurrección» (o de consagración de la primavera e iniciación de los adolescentes), acopio de tréboles y de virgos en la «noche de San Juan» (o proclamación del verano) y uvas de «vendimia» y tañido de «difuntos» entre el final de septiembre y el comienzo de noviembre (o flujo y reflujo del otoño).

Las cuatro fechas o ciclos, inevitables, dividen y ordenan (o desordenan) la fábula primordial y genesíaca de la Virgen y el Guerrero, asunto o telón de fondo de casi todas las novelas de caballerías y relatos iniciáticos. «Navidad»: nace un héroe destinado a conmover el mundo. «Semana Santa y Pascua de Resurrección» (y de Adolescencia): el joven, previa y aparentemente derrotado por las Fuerzas del Mal, empuña Excalibur y emprende con la ayuda de María o de Ariadna el acoso y derribo del Minotauro. «Noche de San Juan»: la Bella Durmiente, liberada y despertada por el beso del Príncipe, le entrega su virginidad a cambio de la fecundidad. «Vendimia» y «Jornada de Difuntos»: periodo de letargo para que el embrión del nuevo héroe alcance su plenitud en la Gruta y Fuente de la Doncella o Portal de Belén.

Y a partir de entonces, luna tras luna, año tras año, vuelta a empezar.

Segundo cabo suelto...

Dije también más arriba que todos los ritos «mágicos» y «diferentes» de la Semana Santa española se celebran, en la península y en sus dos archipiélagos, de sol a sol, de costa a costa, de cristiano en cristiano, de españolito en españolito, de muchedumbre en muchedumbre.

Y así es, lector, y así «no» es te lo aseguro en otros países del orbe cristiano sin trasfondo ibérico, donde la Semana Santa sólo se celebra, casi clandestinamente, en el interior de los deshabitados templos o todo lo más, fuera de ellos, con alguna que otra escuálida, esaboría y ortodoxa procesión seguida por cuatro gatos, tres curas y dos beatas. Jerusalén, para quienes estén provistos de tragaderas amplias, puede ser una excepción. Roma, en cambio, no lo es.

¿Por qué en España, y sólo en ella, las fiestas de Semana Santa recorren todo el país como un reguero de pólvora (la metáfora no es gratuita), ponen al pueblo entero en pie de trompetas y de saetas, descerrajan el horario y el calendario, tiñen de subversión la devoción, soliviantan al mocerío, resucitan a los ancianos, mezclan la plegaria con la blasfemia y el aguardiente de orujo con el vino del sacramento, confunden el cristianismo con el paganismo, transforman a la Dolorosa en diosa de la fecundidad, rompen en mil pedazos las rutinas de la vida cotidiana, subvierten o por lo menos invierten el orden establecido, sacan a todos los españoles (y a parte del extranjero) de sus casas y de sus casillas, reinventan el surrealismo, retuercen el barroquismo hasta extremos inverosímiles montan un «happening» y un desmadre en cada esquina, convierten la piel de toro de costa a costa, de sol a sol, de cuerno a cuerno en una pieza de Arrabal o en un cuadro de Dalí y despiertan durante muchos días y otras tantas noches al chamán (o al hombre de Cromagnon) que todos, de grado o por fuerza, llevamos dentro?

No me cuento yo, ciertamente, entre los convencidos de que una imagen vale más que mil palabras, pero quizás, esta vez, las sorprendentes y a menudo espeluznantes fotografías que han motivado e inspirado este texto puedan ayudarnos no a entender, pero sí a olfatear, a tocar, a saborear, a ¿por qué no? admirar y, en todo caso, a buscar las claves, las llagas, la fuerza, las luces y las sombras del misterio de España.

Lo que no es poco.

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