19 agosto 2013

La devoción por Agueda es ancestral

Acompasándose con golpes en el suelo de bastones de avellano, negras blusas, amplias boinas, alumbrados por lúgubre farol, los grupos entonan versos mendicantes: «Santa maitea gaur hartu/dugu gure bideko laguna/haren laguntzaz hete gentzake/egun hontako jarduna». («Hemos escogido a la amada santa/como compañera de viaje/para con su ayuda/poder cumplir el quehacer de hoy»). 

La ancestral y algo sádica devoción por Agueda y sus pechos rebanados, el idiosincrátido festejo resulta que lo adquirirnos a los peregrinos sicilianos que por Euskaria transitaban hacia Compostela. Del bandoneón al socialismo. Las coplas se renuevan y se acompañan con acordeón, el sintetizador del XIX. La música pop vasca, el folk con marcha de estos pagos, palpita en la trikitrixa, nombre onomatopéyico del bandoneón. 

Sus divos, Kaxiano, que barre en el jitpareid, y Enrike Zelaia, que tira más a concertista. Zelaia me informó de que este instrumento de fuelle, ideado en Austria hacia 1830, ya para 1870 estaba asimislado en la zona de Gemika. Parecía concebido adrede para vocear las tonadillas y los bertsos nativos y arraigó con mucho más vigor que en Asturias y Galicia, adonde arribara por vía marinera en las mismas fechas: astures y gallegos eran avaros de su tradición gaitera y rebotaron el invento hacia Argentina. Puesto en onda, ahí queda el R.R.V., rock radical vasco. 

La gibson y la fender se acoplaron vertiginosamente a un mensaje juvenil que consta en todos los catálogos discográficos de Madrid (por citar un punto de referencia significativo). «La Polla Records», «Kortatu»,. «Hertzainak» aglutinan la neoprotesta con estética punka. 

El txistu queda para el aprendizaje del solfeo luego proyectado en las voces internacionales del Orfeón Donostiarra. Margen izquierda. Somorrostro y La Arboleda. El Far West. Los primeros y revulsivos evangelios socialistas son distribuidos en la zona del castigadísimo sector minero -inmigrante en bruto, pero con una aportación postrural indígena bastante nutrida- por el librero ambulante Varela y un quincallero, Alonso. Dolores Ibarruri accede al marxismo a través de esos cauces tan a lo Eugenio Sue. 

Y aprende oratoria de los capellanes tercermundistas allí destinados y de un apóstol toledano llegado con la fiebre del hierro: Facundo Perezagua. La Ibarruri es la personificación del fermento exagónico imparable hasta hoy -anote el estadístico los apellidos de muchos militantes abertzales, más matriotas que patriotas: el primer foráneo, el segundo vascónico- a pesar de un Sabino Arana de cómoda caricatura descontextuada, racista sentimental, defensivo, enrocado, levítico, en cuya inercia carlista influyó como abogado del diablo su mayorazgo Luis -«Si somos españoles, para qué los Fueros»- sin despojarle de toda ecuanimidad justiciera. Cuando el orden público carga con saña contra unos huelguistas Sabino escribe, esta vez sin distingos étnicos en el proletariado, que la fuerza nunca arremetía contra la patronal. (Profético, Nico).

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